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Equipo de la Escuela: Clara Redondo
 
 
Cursos a distancia: Literatura infantil y juvenil
Cursos presenciales: Iniciación a la escritura creativa, Tengo algo que contarte. Para jóvenes escritores

Clara Redondo es licenciada en Geografía e Historia, con especialidad en Historia del Arte, pero su orientación laboral se ha dirigido hacia el mundo de la literatura y la escritura.

Ha trabajado como correctora externa para varias editoriales, entre ellas Oxford University Press.

Desde el año 1999 imparte cursos de Iniciación a la escritura creativa y Literatura infantil y juvenil en Escuela de Escritores, y también imparte el "Curso de redacción eficaz" para empresas e instituciones.

Desde 2006 es responsable del Servicio de corrección de textos de Escuela de Escritores.
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Entrevista a Clara

Entrevista realizada a Clara Redondo en noviembre, 2007
¿Qué te sugiere la frase «El escritor nace, no se hace»? ¿Crees que se puede aprender -y enseñar- a escribir?
Es un dicho que no me acaba de convencer. Y como casi todas las frases hechas, se queda en eso, en una frase muchas veces escuchada pero que no tiene demasiado contenido detrás. No es muy constructiva, además. Porque ¿cómo sabes si has nacido para esto? Es como si estableciéramos una distinción entre los que han nacido para ello y los que no. Sí es verdad que quien quiere escribir tiene una predisposición a contar lo que vive, igual que la tiene quien hace cine, quien pinta o quien cocina detrás de unos fogones. Todos tienen la inquietud de contar el mundo a través de ellos. Y los talleres de escritura son una herramienta estupenda que permite a quien asiste a ellos depurar su manera de contar. Claro que se pueden enseñar las técnicas para que narremos a nuestra manera pero sin interferencias, del modo más personal y sin vicios propios de la falta de experiencia. Para escribir necesitas de la palabra escrita, es la intermediaria entre tus ideas y tus historias, de modo que ese es el punto de partida.

¿Qué significa para ti tu labor como profesor? ¿Cómo y por qué comenzaste a impartir clase?
Lo que empezó siendo algo esporádico ha pasado a ser mi modo de vida, y eso significa mucho, claro. Y en este momento de mi vida, más, porque acabo de dejar mi trabajo "estable" de por las mañanas para dedicarme a la literatura, a impartir clases, a hacerme cargo del Servicio de Corrección de la Escuela, y a escribir.
Desde siempre he tenido habilidad para detectar los errores en la escritura, y eso fue lo que me animó a iniciar mi andadura profesional asistiendo a un curso de corrección. Al poco tiempo de terminar ese curso ya estaba trabajando como correctora free lance para varias editoriales, sobre todo para Oxford University Press, donde adquirí mucha experiencia en mi trabajo. Entretanto me interesó un curso de Redacción y Estilo que impartía el Taller de Escritura de Madrid, y fue poco después cuando empecé a impartir clase. Todo surgió una noche en Somolinos. Estábamos de fiesta (en las suculentas Jornadas de Creatividad Colectiva que organiza la Escuela); se me acercó Isabel Cañelles, ex directora de la Escuela, y me dijo que si quería impartir un curso de Redacción y Estilo. Yo por entonces era su alumna, y me dije: "Clara, que Isa tiene unas copas encima… Mañana cuando se levante, se va a arrepentir". Pero no: el ofrecimiento iba muy en serio, y con más miedo que vergüenza me puse con el curso. Y desde entonces hasta hoy. Vamos, que a ella le debo estar hoy aquí, y le agradezco infinito que confiara en mí.

¿Cuál es tu relación con el resto del equipo de la Escuela?
En la Escuela es fácil llevarse bien con todo el mundo. Tenemos una sala de profesores virtual en la que casi siempre hay alguien fumando un pitillo (quien fume, claro) y charlando, y bueno, uno lanza una duda o una inquietud, y siempre hay alguien que escucha tu llamada y aporta lo suyo. Por poner un ejemplo, el otro día yo planteé en esta sala de profesores que una alumna mía me preguntaba sobre cuál era el canon literario más aconsejable. El ir y venir de ideas y opiniones entre profesores duró un par de días o tres. Mis compañeros no lo saben, pero me pareció tan jugoso el debate, que copié y pegué todas las opiniones y se las mandé a mi alumna, que se quedó sorprendida por lo variado e interesante que le resultaron todas ellas. También he de decir que me animé a elaborar mi propio canon… que lo mío me costó.

En fin, que el ambiente en la Escuela es estupendo, y que además de tener compañeros tengo amigos, que es algo muy de agradecer.

¿Cuáles son las peculiaridades de tu metodología, aparte de la mecánica común a todos los talleres? ¿Te sientes libre a la hora de aplicar tu criterio pedagógico?
Me siento muy libre para impartir el taller como me parece mejor o como me pide el cuerpo en cada momento. Eso siempre ha estado muy claro y creo que es uno de los valores más importantes de la Escuela. Y, sí, eso es lo que hago, aunque en líneas generales mis talleres discurren por el modo habitual.

No sé si mi manera de impartir la clase tiene alguna peculiaridad, porque para saberlo tendría que comparar con otros talleres. Pero lo que sí hago es tomar muy en cuenta la voz de los que participan en el taller. Es decir, que yo no planteo clases magistrales. Cuando empezamos un taller y doy las pautas de funcionamiento, les digo que lo que yo opino no va ni mucho menos a misa, sino que es un punto de vista (más experto y con más conocimiento) de la escritura. Y recurro a la bibliografía, a libros que cuando yo los descubrí fueron clave para mi propio aprendizaje y con los que he disfrutado mucho.

Sí me gusta darle importancia a cada uno, mirar a cada alumno y respetar mucho lo que cuenta, porque a mí también me gusta que me dejen hablar y expresarme.


¿Qué les pides a tus alumnos cuando comienza el curso? ¿Y cuando termina? ¿Cuál es tu nivel de exigencia?
Lo que más me interesa que tengan en cuenta es lo importante que es escribir. Escribir y escribir; que aprovechen el hábito de escritura y de creación que se genera durante los meses que dura el curso. Y que durante todo ese tiempo pongan los cinco sentidos en lo que en el taller se reflexiona y se pone sobre la mesa, porque ese va a ser un referente fundamental cuando el curso se termine y se enfrenten ellos solos al papel en blanco. Muchas veces es innecesaria esta recomendación, pues es tan intensa la rutina y tan motivadoras las propuestas de trabajo (unas más que otras, claro), que cuando llegan al final del curso siempre dicen que van a echar de menos la "obligación" de escribir todas las semanas. Yo últimamente he tenido una suerte infinita con mis grupos, que me han demostrado un interés espectacular por los cursos (hablo tanto del curso de Redacción y Estilo como el de Iniciación a la Escritura Creativa), por aprender y exprimir al máximo mis sugerencias y las sugerencias de los compañeros del grupo. En ese sentido, llevo unos meses de gran satisfacción.

¿Qué clima te gusta y procuras que se cree en tus grupos de trabajo?
En mi caso, creo que el hecho de que funcionen bien los talleres se debe a que, a ver si me sé explicar, a que miro de cerca a cada uno de los que asiste, y que de cada persona intento sacar lo mejor. A mí es así como me gusta que me traten, que me dejen un espacio para hablar y que mi opinión sea escuchada, a pesar de que una no sea la mujer más dicharachera y ocurrente del mundo. Esa es mi impresión, que los que asisten a mis talleres se sienten escuchados, e importantes, y que sienten que lo que escriben tiene importancia. Esto no quiere decir que sea complaciente con ellos, con lo que escriben; muy al contrario, a veces soy tan exigente y crítica que salgo de las clases compungida por lo dura que he sido. Pero vamos, poca gente se me ha cabreado (alguna ha habido, no digo que no). Y además siempre advierto que cuanto más nivel hay, más exijo. Es que los que empiezan a escribir llegan a los talleres con pocas críticas encima (porque normalmente enseñamos nuestros primeros escritos a nuestra madre, a nuestro amigo del alma…y, en fin, que no suelen ser muy objetivos). Así que, cuando aterrizan en un taller y llueven las críticas… bueno, pues de primeras se sorprenden. Pero la idea es siempre, ya digo, respetar lo que cada uno escribe y darle su valor. Luego ya sí, viene la crítica y la sugerencia de cómo ese escrito puede ser de mejor calidad, que vean sus vicios y que aprovechen sus virtudes.

Y en el caso de los talleres presenciales, es sagrado ir a tomar una caña después. Si no, parece que no cuaja todo lo que se ha puesto encima de la mesa durante la clase. Las cañas de después ponen en su sitio el conocimiento… Eso está probado científicamente.


¿Consideras la enseñanza como un intercambio? ¿Qué te enseñan tus alumnos?
Claro que sí, es un intercambio. Sin duda. Yo digo muchas veces que dar clase me hace ser mejor persona. Y es verdad. Esta es una profesión en la que cuando trabajas estás tocando sentimientos; es de lo que se trata, porque utilizamos la escritura para contar lo que somos, cómo vemos el mundo, lo que nos preocupa, lo que nos asusta, lo que nos hace felices o infelices. Cuando uno escribe se destapa, deja ver su interior, y ver el interior de las personas y analizar la manera de contarlo es algo que nos acerca.

Cuando acabo un taller (con sus cañas correspondientes), llego a casa muy cansada, como si hubiera jugado tres partidos de baloncesto seguidos. Cansada pero llena; a mí me carga las pilas rumiar todas las historias que se han contado, lo que unos opinan sobre los relatos de otros…, las ocurrencias y las incongruencias. Y es que cada alumno ve la vida de una forma diferente, y esa manera especial de mirar es lo que hace que, partiendo de propuestas iguales, se escuchen relatos distintos, preocupaciones singulares, puntos de vista únicos. Y eso me enriquece, me da pistas sobre la vida. No solo como persona sino también como escritora.


¿Cuáles son las cualidades necesarias, según tu opinión, para ser un buen profesor de un taller?
Algo importante y un punto de partida esencial para mí es la empatía con los alumnos, porque si ellos están a gusto y cómodos todo fluye mucho mejor.

Y haber leído buena literatura, ser capaz de extraer lo mejor de cada autor y sobre todo de transmitirlo; tener a mano ejemplos de autores de calidad para que aprendan a admirar lo que está bien contado y por qué.

También pienso que un buen profesor debe tener sensibilidad suficiente para, cuando un alumno lee en clase su texto, ver entre líneas lo acertado de una historia y la manera como podría contarse mejor, los recursos literarios que ha utilizado y los que no. Ser capaz de pillar al vuelo los detalles, las incongruencias; de captar la textura de esos escritos y ver más allá de las palabras.


Dentro de tu campo didáctico, ¿en qué partes te gusta profundizar?
Pues un poco lo que he contado antes: me gusta desmenuzar los detalles de las historias que se ponen encima de la mesa, mirarlas de cerca. Y llamar la atención sobre la manera de escribir; que los que asisten al taller se den cuenta de que, utilizando bien los recursos, tanto literarios como de escritura, las historias se escuchan mucho mejor. En definitiva, mi filosofía es mirar de cerca las historias, los personajes, la intención, lo que se quiere contar, las palabras que se utilizan, como si tuviera una lupa en la mente y la utilizara para mirar los escritos.

¿Qué opinas de los concursos literarios? ¿Y del afán de publicar?
Tengo poca experiencia personal en concursos literarios. Nunca me han llamado la atención, aunque es verdad que mucha gente los utiliza para darse a conocer, para calibrar su calidad como escritores, si es que confían en el buen criterio de los jurados y en que en los jurados prime la calidad literaria. Y eso lo respeto y me parece una buena manera de empezar a hacerse un hueco en el mundo editorial, una manera de motivarse para escribir y seguir escribiendo. El mundo editorial es tan hermético a veces, que una buena manera de romper esa barrera es mostrando tu calidad en los concursos.

Y la necesidad de publicar pienso que la tenemos todos los que escribimos, porque se supone que si te publican es porque lo que escribes es de calidad. No siempre pasa, pues ya sabemos que las editoriales no se mueven siempre con criterios de calidad, pero hay editoriales que desde luego sí trabajan por editar libros buenos. También hay que tener en cuenta la capacidad de difusión de las editoriales; escribir un libro y que te lo publiquen te da la posibilidad de que haya mucha gente que te lea, que conozca lo que escribes: eso también es motivador.


¿Cómo compaginas la labor como profesor con tus propias creaciones?
Pues lo compagino peor de lo que quisiera, porque además del trabajo tengo dos hijos pequeños que demandan gran parte de mi tiempo libre.

Pero este año tengo que decir que ha sido especial, porque he escrito bastante, y de infantil, que es lo que más me interesa. Me apunté como alumna al curso de Literatura Infantil que imparte mi compañera Chiki en la Escuela, y la verdad es que ha sido un impulso fundamental. Y ha tenido también algo de mágico, de tocar un mundo al que pensaba que yo no tenía acceso (es que respeto mucho mucho la literatura infantil) y descubrir que sí hay un hueco para mí, no solo como lectora sino también como escritora. Con la excusa de tener la obligación de escribir casi todas las semanas (y el susto de que me leyera y me criticara mi compañera…), he tenido un ritmo de trabajo que hacía tiempo que no respetaba, y eso ya es mucho. Y sobre todo que me he sentido muy bien con lo que he escrito; tanto, que tengo una gran ilusión por llevar a cabo un proyecto para este año… Pero por si acaso se me gafa, no lo voy a contar. Si sale algo positivo, lo clamaré a los cuatro vientos.


¿Cuál es tu escritor favorito? ¿Por qué? ¿Qué libro estás leyendo en la actualidad?
No soy una persona muy iconoclasta en ese sentido. Me he dejado seducir por muchos. Uno de mis escritores favoritos ha sido de siempre Italo Calvino. De jovencilla me postré a sus pies cuando leí su trilogía (El barón rampante, El vizconde demediado y El caballero inexistente). Pero luego ya he disfrutado con muchos otros autores. Después de leer Moby Dick, de Melville, pensé que nadie podría escribir un libro mejor. Admiro a los escritores que saben mostrar el alma humana en todas sus facetas y de manera sencilla, y la voz de Ismael me parece única, absoluta, nítida y sin errores. Y me gusta muchísimo Chicho Sánchez Ferlosio. El Jarama es una de mis obras favoritas.

Sin embargo, donde más he picoteado y he disfrutado ha sido con la literatura infantil, y últimamente con los libros ilustrados, una parcela en la que he descubierto maravillas. Muchas veces en una imagen se concentra todo lo que podrías decir en todo un libro, y eso me engancha. Me fascina por ejemplo Jürg Schubiger, autor poco conocido que trabaja el absurdo como nadie, y su libro Cuando el mundo era joven todavía está en mi mesilla de noche permanentemente. Ahora me estoy leyendo Todos los detectives se llaman Flanagan, de Andreu Martín y Jaume Ribera. Divertidísimo, y una estupenda manera de meterse por primera vez (si eres un adolescente) en el mundo de la literatura policíaca.

En fin, que defiendo la literatura infantil tanto como la de adultos, pues los libros que escribimos para los niños han de ser abordados con la misma seriedad y el mismo respeto con el que abordamos los de los adultos.


¿Qué te ha aportado tu experiencia como correctora y analista de textos a la hora de dar cursos, en tu trabajo de enseñanza dentro de los talleres?
Para mí es fundamental dedicar parte de mi trabajo a corregir textos. Me ha ayudado a comprender mejor lo que leo, a desmenuzar la escritura y a disfrutarla con intensidad. Aunque a veces se convierte en un pequeño suplicio, porque ando en todo momento con el "ojo crítico que todo lo ve". En mis talleres siempre hago mención al estilo de la escritura, y no puedo dejar pasar los errores gramaticales, de puntuación o de estilo, porque entiendo que es fundamental escribir correctamente para que un texto sea de calidad. Por muy estupendo que sea un cuento, por ejemplo, si está mal escrito no merece ser leído hasta que el autor no lo haya revisado. Soy bastante dura en ese sentido y creo que hago bien en transmitir esa obligación que tiene todo escritor de tratar sus textos con esmero y de revisarlos enemil veces, las que haga falta para que esté casi perfecto.

¿Qué es lo que más te gusta escribir? ¿Es cierto que los niños son tu público favorito como escritora?
Sí, ya me he adelantado antes con esta pregunta. Disfruto mucho escribiendo para niños, me gusta encontrarles el matiz para que ellos lo entiendan, para que se sientan identificados con esa historia que están leyendo (o escuchando, los más pequeños). Aunque no soy dada a inventar cuentos sobre hadas y duendes, o de seres imaginarios. Prefiero contar historias en las que los protagonistas sean niños como cualquiera de mis hijos o de mis sobrinos, que vivan en un barrio parecido al mío y a los que les pasen peripecias de andar por casa. Bueno, también trabajo el absurdo, pero siempre en escenarios y con personajes que reconozco a mi alrededor. En este sentido, estas historias del absurdo, aunque los protagonistas puedan ser niños, no van del todo dirigidas ellos, sino que me inspiro en detalles de la vida, curiosidades que me llaman la atención y a las que les saco el lado absurdo o imposible. No sé si me explico. Digamos que me interesa el aspecto minimalista de lo que nos rodea, y que me interesa mucho escribir ese tipo de pinceladas a veces sin sentido aparente.

Yo experimento a menudo con mis dos hijos, sobre todo con Dani, que tiene 8 años. Si le leo algo que he escrito y enseguida empieza a morderse las uñas y a mirarme directamente a los ojos… perfecto, le tengo en el bote y respiro hondo porque lo que he escrito le está interesando. Pero si empiezo a leer y se le van los ojos a cualquier animalillo, exista o no, que se pasee por la habitación… malo, entonces es mejor que me retire discretamente y me ponga a escribir de nuevo.




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