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Reseñas literarias: La voz cantante, de Eloy Tizón
 
 
Reseña escrita por: Isabel Cañelles
Editado por: Anagrama (Narrativas hispánicas)
Fecha: 2004-05-10

Soy una lectora torpe. Lo reconozco. A menudo les digo a mis alumnos de Relato Breve: «También los lectores torpes tenemos derecho a la existencia. A que se nos tenga en cuenta de vez en cuando. Digo yo». La vida es así; a mí, que me gusta tanto leer y que trabajo impartiendo clases de relato, me ha tocado ser miope, astigmática, lenta como un caracol descifrando las palabras impresas y torpe hasta decir basta para captar las sutilezas de un argumento. En la película El sexto sentido, un minuto antes de los títulos finales de crédito, exclamé: «¡Ondiá! ¡Ya lo tengo! La chica está muerta. Lo ha estado desde el principio». Mi acompañante me miró sin dar crédito. «¿La chica? ¿Cómo la chica? Es él quien está muerto». Y me destrozó los últimos treinta segundos de film, claro.

Cosas así me ocurren todo el tiempo. Cuando me leí Labia, el libro anterior de Eloy, fui incapaz de relacionar al escultor de París con el hombre al que esperaba durante una eternidad la chica de la papelería, la hermana Gallardo de en medio, de calcetines gruesos y caligrafía impecable. Lo del plano de París en un sobre pensé que era, sencillamente, una coincidencia. Un desastre, vamos.

Antesdeayer, cuando me comencé a leer La voz cantante, no me acordaba de todo eso. Uno no tiene por qué estar recordando continuamente sus carencias. Mis expectativas eran altas y soy una lectora fiel de algunos escritores. Además, Eloy es mi amigo y esperaba mi opinión. No nos podíamos defraudar mutuamente, todo sería como tenía que ser: «Ya me he leído tu libro y me ha encantado. El protagonista era? La voz del narrador? El tratamiento del tiempo? Patatín y patatán». Hay que decir en mi defensa que, además de torpe, tengo mala memoria.

Llevaba cerca de cincuenta páginas leídas, tirada en el sofá, cuando Germán me preguntó que qué tal. «Pues no me acaba de convencer», le contesté, preocupada. Era así. No me creía nada. El narrador se me hacía falso y su voz, impostada; el niño no podía estar enamorado de una gallina ni alguien a los quince años juega al funambulismo en la cornisa de una azotea; y todos esos anacronismos?; y el discurso lleno como de cosas ya dichas, casi milenarias... «¿Y qué le vas a decir?», me preguntó Germán. Me agobié. Estaba ya agobiada antes de que me lo preguntase. Cerré el libro y miré por la ventana. «No lo sé -contesté-. Será mejor que no piense en eso hasta que me lo haya acabado».

Y eso hice. Me olvidé de mi opinión y de las buenas formas. Me relajé. Ahí se operó el milagro. Se abrió una compuerta en mi interior. Me dejé seducir, empapar, penetrar. Mis defensas flaquearon y, por fin, cedieron. Una mezcla de dolor y dulzura me invadió. Ya no estaba leyendo un libro: tenía un libro -muchos- dentro de mí. De verdad que es difícil de explicar. Hay que experimentarlo. Es como regalarse flores, darse un beso, bañarse en agua tibia, perdonarse, secarse al sol.

Lo que pasa es que no es fácil. Germán dice que los ingleses hacen footing con el culo «apretao». Me parece una buena imagen para reflejar cómo vivimos muchas personas. Cuando aflojas, es otra cosa, es como si te fundieras con la brisa, yo qué sé. También hay que decir que los libros normalmente te invitan a entrar en su interior, y no te penetran a traición, como La voz cantante. No estamos acostumbrados a eso.

Es difícil de explicar, porque esto no es un análisis literario ni la exposición de una teoría; es simplemente una experiencia. Y las experiencias son prácticamente intransmisibles salvo por ligeras aproximaciones. Yo sólo sé que a partir de la página cincuenta («¿Te apetecen tostadas, Gabriel? ¿Las quieres con mermelada?») ya no estaba leyendo un libro, sino que el libro me estaba leyendo a mí. Lo juro. Como en ese cuento de Cortázar («Axolotl») en que un hombre -el narrador- mira un pez que, a su vez, lo mira a él desde el acuario y tú, lector, eres el hombre, claro, así tienen que ser las cosas, pero en algún momento, sin saber muy bien cómo ni por medio de qué trucos narrativos, tú estás dentro de una pecera y eres el pez, mientras un hombre te mira al otro lado del vidrio y ahí ya no hay narraciones que valgan, porque el pánico lo invade todo.

¿Cómo decirlo de otra forma? Imagínate que eres un piano y alguien toca tus teclas por vez primera. Primero un do, luego re sostenido, después una sinfonía completa. Y tú eres el piano, no el pianista ni el compositor. Eso es pillarte a traición, no me digas que no. Y duele. Eres tú el que se la juega, a quien se le pueden romper las cuerdas o desafinarse, y no los personajes, meros intermediarios de la ejecución.

De modo que ya no se trataba de «creerme» o «no creerme» la historia que me estaban contando. La cosa iba más allá, mucho más allá de las palabras y de la tensión narrativa. Allí estaba yo, desnuda y frágil, en un mundo de reminiscencias sin pasado, presente ni futuro, en un remolino donde dos o dos mil fuerzas opuestas chocaban entre sí, lanzaban rayos, luchaban a muerte. El mal y el bien; el amor y el odio; la ilusión y la realidad? Apreté los puños y lloré de impotencia cuando apareció el Sr. Friser, aunque en el fondo ya sabía -pero no sabía que sabía- que estaba allí antes de que apareciera. No porque fuera el malo de la película e iba a jorobar irremisiblemente al héroe que no era tan héroe, sino porque yo misma era el Sr. Friser. No del modo en que uno se identifica con un personaje, sino como una especie de revelación instantánea de mi persona explosionada desde dentro. La dinamita estaba ya ahí, inadvertida; sólo hacía falta un detonador, una chispa. En consecuencia, el problema de tener al Sr. Friser pisándole los talones no lo tenía tanto el protagonista, sino que lo tenía -lo tengo- yo, con mis propias pequeñeces cotidianas que le pisan los talones a otras pequeñeces cotidianas muy mías.

Cuando cerré el libro mis primeras impresiones me parecieron zafias, casi me sonrojé. Más que zafias, torpes, de lectora primeriza o, mejor dicho, de lectora atrincherada en sus esquemas preestablecidos. Y no es que esas primeras impresiones fueran falsas. Las impresiones no pueden ser verdaderas ni falsas: son las que son, y ya está. Más bien, estaban como encerradas en un ataúd. Al abrir la tapa, todo pasó a otra dimensión. Yo pretendía leer la novela con las claves de un entomólogo, y la novela acabó clavándome a mí un alfiler por la espalda para despertarme de mi idiotez.

La historia que nos cuenta el narrador no es, en efecto, verosímil tal y como solemos entender la verosimilitud. No nos está contando cosas que puedan suceder o hayan sucedido o sucedan en la realidad ficticia, no nos podemos tomar al pie de la letra La voz cantante. La voz cantante es malvada y astuta y te miente todo el tiempo, te está hablando de otras cosas que no están allí, en las hojas de papel, sino al otro lado del vidrio de tus pupilas. Y eso que no ocurre en el libro, sino dentro de esa especie de pecera en la que tú mismo te has encerrado, no es anacrónico sino simultáneo, intemporal, yo qué sé. ¿O me dirás que en tu mente no se mezcla el desván polvoriento de la casa de tus abuelos con el Alcampo un sábado por la tarde? De eso te habla este libro. De unas revueltas estudiantiles en las que nunca participé. De dictadores terribles cuyos nombres se susurraban en los pasillos de mi casa. Del conejo cuya nuca fue golpeada ante mis ojos por tía María en el corral de una casa payesa de un pueblecito de Lérida. El golpe rompe el cristal de la pecera, el agua lo inunda todo y tú te crees que te vas a ahogar en ese ambiente nuevo y demasiado abierto. Pero sigues pasando páginas, te vuelves más libre y aceptas que las cosas ocurran de otro modo. Dejas de solidificar la narración a fuerza de aferrarte a ella y permites que fluya, que forme nuevos dibujos en el cielo como nubes juguetonas. Y entonces, un diálogo tan imposible como este produce en ti mil reverberaciones:

«-Se me ha metido agua en el oído. Estoy sorda -dijo Mónica Friser.»
«-¿No oyes nada? -le pregunté.»
«-Nada.»
«-¿Pero nada de nada? -insistí.»
«-Nada en absoluto. Espera. Sólo un zumbido.»
«-Eso pasa -dije yo.»
«Y continuamos nadando.»

Ningún escritor en sus cabales se atrevería a escribir algo así. Y para ningún lector que mantenga el culo apretao esto será más que una incongruencia.

Y esas «cosas como ya dichas, casi milenarias» a las que yo, en mi incipiencia de lectora estreñida no me atrevía a llamar «tópicos» aunque lo hubiera hecho de no tratarse de mi amigo Eloy, se me revelaron ?una vez horadado el dique? como auténticos arquetipos (en su acepción de «imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo»), cuya única función era plantar un inmenso espejo ante el lector y obligarle a indagar en su persona y tomar partido.

Por último, parte de los ecos en contra de los que en un primer momento me atrincheré provenían del delicioso homenaje que el autor hace a los buenos narradores y poetas de todos los tiempos (Goethe, Proust, Flaubert, Chéjov, Nabokov, María Zambrano y yo qué sé cuántos más) y, sobre todo, al arte de contar historias.

En definitiva, La voz cantante te propone un juego, que tú puedes aceptar o rechazar. Rechazarlo es más cómodo y seguro, qué duda cabe, y supone leerte el libro como quien le quita las espinas al pescado. Si aceptas, te expones a lo desconocido. Que yo te diga que tras los primeros instantes de asfixia te cubrirás de sal y de miel, de poco sirve. Hay que experimentarlo, y para eso hay que saltar al vacío.

Sólo te pediría que si, como yo, eres un lector bienintencionado pero más bien torpe, le des cincuenta páginas de margen al diablo para que te clave el aguijón. Merece la pena.

Nota: También puedes leer la reseña enviada por Berna Wang sobre este mismo libro.


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