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Un hombre, que heredó de su adolescencia el sobrenombre de El Sueco, es el gran proyecto del narrador de esta novela, alter ego de su autor real. El narrador, en los años crepusculares de su vida, decide investigar la vida de El Sueco, que fue su compañero de instituto y hacia el que se le quedó prendida esa admiración que todos recordamos hacia ese muchacho que era el más guapo, el más alto, el más fuerte y el más listo de todos nosotros.
En realidad, cuando esa investigación comienza, El Sueco ya está muerto.
Poco a poco, iremos descubriendo la vida del auténtico prototipo del burgués americano. Un hombre nacido y diseñado para llevar una vida tan cómoda como insulsa; el tipo de gente que, en ese discurso tan políticamente correcto, tendemos a considerar que ha tirado su vida a un pozo de monotonía y pequeñas ambiciones absurdas. Pero lo cierto es que la vida de El Sueco no ha sido sino el sufrimiento. Un dolor proveniente de la dramática dialéctica entre su vida y la contravida de su hija, enemiga de todo lo que su padre representa y a la que un desgraciado accidente impedirá poder madurar y olvidar las utopías de juventud.
Condenado El Sueco a ser siempre ese acomodado ciudadano que poco entiende y su hija a ser, también por siempre, la imagen de la rebeldía perseguida, el enfrentamiento estará muy lejos de ser creativo: ambos se estrellan en los contrafuertes de sus contradicciones y de sus convicciones (a partes iguales) y el tiempo los destroza, porque en su mundo ni el amor, ni el perdón ni la ternura son antídotos valiosos ni útiles.
Esta novela ganó en 1997 el Pulitzer de ficción. Y es bastante más que probable que fuese la mejor novela americana de su momento. Por lo demás, conviene leerla porque su postrer grito reivindicativo no se encuentra muy a menudo. Hoy, estos pensamientos no están de moda.
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