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Dice mi amigo Lluis que si le preguntasen qué escritor ha sido detenido acusado de pedofilia, respondería sin dudarlo que el francés Michel Houellebecq. Como este comentario me lo hizo después de leer “Plataforma”, creo que entendí sus motivos.
Las primeras páginas del libro son prometedoras. Describe el entierro de su padre con mucha ironía, falta de respeto y un lenguaje inteligente. En pocas líneas se autodescribe bastante bien, nos sitúa en su mundo y su entorno, sus debilidades y sus vicios. Sin embargo, el protagonista decide marcharse de vacaciones a Tailandia, y a partir de ahí, el libro empieza a flojear. A modo de “querido diario” se dedica a relatar su viaje y sus aventuras sexuales. Y poco más. Incluso el protagonista se llama igual que el autor.
Se supone un viajero experimentado, conoce los mecanismos de un viaje en grupo, lo que sucede en un primer momento, tras el primer día, etc. También hace una buena descripción de sus compañeros de viaje, un mapa variado: charcuteros jubilados, naturistas, profesores de universidad… todo parece bien encaminado para que suceda algo. Pero el viaje se acaba, el protagonista vuelve a Paris y nos quedamos con la sensación de haber leído una guía de viaje en versión porno light. ¿Qué quería transmitir Houellebecq? Ni idea. Al menos yo no lo he averiguado.
No he leído nada más de Houellebecq, quizás me atreva con su famosa “Las partículas elementales”, pero el resumen que me hizo mi amigo Lluis (el de antes) de “Lanzarote”, la novela que él había leído, se parece bastante a lo que sucede en “Plataforma”. Al protagonista solo le interesa el sexo, le gusta ir de putas (y como es reaccionario, se vanagloria de ello) y además las hace gozar. Narcisista al cuadrado. En “Lanzarote” le pasa algo parecido con un par de lesbianas. Con la disculpa de revisar la realidad sin tapujos, nos cuenta sus fantasías provocadoras. Y el realismo cuela pero no la intención.
Me gusta, y mucho, como escribe Houellebecq (repito tantas veces su nombre para ver si aprendo a escribirlo de memoria). Me parece inteligente, incluso sincero. Seguro que sus fantasías, o fantasmadas, depende del lector, también son sinceras. Es lo que se le pasa por la cabeza, así que tiene disculpa. Pero además de estar bien escrito, un libro tiene que ofrecer algo más. La historia, la trama de la novela es importante, pero todo tiene que conducir a algo, a la intención que movió al autor a escribir el libro. ¿La denuncia del turismo sexual? ¿La hipocresía de la sociedad moderna? Pues para ello no hubiesen hecho falta tantas páginas.
Es una novela muy fácil de leer, que engancha, ágil, con ritmo. La forma de narrar de Houellebecq es muy directa, sencilla. Aunque a veces se pierde en los monólogos, en sus explicaciones impecablemente razonadas, en general no resulta pretencioso, ni forzado. Todo lo contrario, es ingenioso en sus descabelladas teorías.
Donde si resulta (al menos para mí) excesivo es en la narración de sus episodios sexuales. Dejando aparte que chicas como su Valerie no existen, sus aventuras encajarían mejor en la colección de “La sonrisa vertical” que en Panorama de Narrativas de Anagrama.
El libro narra una historia de amor sencilla, en la que todo va tan bien que uno se espera lo peor. En la contraportada, un crítico la define como “una dolorosa historia de amor”. De dolorosa nada. Michel, el protagonista, un ser mediocre y aburrido, solitario y apático, pierde a su padre (con el que no se llevaba bien) y recibe una herencia bastante jugosa (lo justo para vivir sin preocuparse). Luego liga con una chica, ejecutiva de carrera ascendente a velocidad de vértigo, que esta muy bien, le encanta el sexo y no tiene problemas de experimentar todo tipo de juegos. Es una historia feliz, optimista, donde todo sucede mejor incluso de lo que se habían propuesto los personajes. Sin el menor inconveniente, Houellebecq va construyendo el castillo de naipes.
Pero la historia no puede ser un cuento de hadas, no está permitido un final feliz. De hecho es como un cuento de hadas a la inversa, donde las cosas buenas pasan al principio y al final gana la bruja. Un final feliz no encajaría en la carrera de Houellebecq. Ya no sería polémico, cínico, alejado del buen gusto y el orden moral. Hay que hundir el frágil castillo de naipes que hábilmente ha dispuesto. Ese es el problema. La realidad no es como la cuenta Houellebecq. Y si no es creíble, si nos parece forzada, no hay sorpresa final.
Además, si tenemos en cuenta como era la vida del protagonista antes de conocer a Valerie, aunque la historia no acabe bien (de hecho acaba de forma trágica) es bastante mejor que si no hubiese sucedido nada y Michel hubiese seguido con su rutinaria y monótona vida. Como se suele decir “que me quiten lo bailao”.
Sinceramente, esperaba mucho más de este autor, al que precede una fama de polémico. El libro es entretenido, a veces divertido, a veces ardiente, en general optimista (ya lo he dicho e insisto). Y por eso se disfruta de la lectura. Pero cuando acaba, parece como si la historia nos hubiese sabido a poco, como si faltase algo por contar.
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