Este libro, publicado en 1979 por primera vez en portugués, cumple 28 años,
de estar vagando por el mundo y coincidencialmente llegó a mis manos gracias a
la iniciativa de ciertos ayuntamientos, en materia de intercambio de libros. Eso de
poder acceder a un libro sin que nos afecte al bolsillo, es muy satisfactorio, hablo
de los ya famosos trueques de libros que se promueven en varias ciudades
del mundo como Santiago de Chile, Bogotá, Madrid o Barcelona.
Mi conocimiento de la obra de Antunes, es más bien escaso, sólo algunas reseñas
literarias en Babelia, alguna entrevista, frases sueltas de algunos de mis amigos
y poco más. Por eso mismo y con la certeza de que jamás podré leer todo lo que
deseo, asumo la lectura de autores desconocidos con una pasión propia de adolescente,
conteniendo a duras penas el afán por terminarlo y lanzar al viento mis muy personales
apreciaciones con el fin de que otros lectores, más experimentados o conocedores de
determinada obra, compartan conmigo y con nuestros blogueros sus lecturas.
Así con ese temblor en las manos empecé a leer
En el culo del mundo,
en él, Antunes nos narra la experiencia de su protagonista en la guerra de Angola,
habla de los efectos de la violencia que tiene que soportar el hombre, y como ésta,
se convierte en un factor determinante de la identidad individual y colectiva de los
seres humanos, un factor que quienes conviven con la guerra, no alcanzan a analizar
con la debida distancia, aunque, por entre las rendijas de la conciencia, se vayan
colando preguntas incontestables: ¿Cómo serán esos seres humanos formados en la guerra?
¿Serán capaces de amar?, si sobreviven, ¿Serán capaces de vivir sus vidas libres de rencores
y venganzas? ó ¿Están condenados a repetir su violencia por siempre? ¿Educarán a sus hijos
para continuar su legado sangriento? ¿Cómo puede vivir alguien en la guerra desprovisto de
afectos, de caricias, de ternuras cotidianas?, ¿Asesinar a un hombre mejora una sociedad?
En un documental sobre la guerra en Sierra Leona, uno de los refugiados contaba como
los guerrilleros le habían obligado a matar a su propio bebé a golpes de mortero, en
presencia de su madre; este testimonio de un hecho cruel, sádico, se queda pálido
ante la contundencia de las palabras suaves y mesuradas del hombre que lo
protagonizó cuando culmina su intervención diciendo “cuando dos elefantes pelean,
sufre la yerba y jamás vuelve a crecer”. Ese es el destino de la naturaleza humana
sometida a la violencia, esa es la desesperanza del hombre arrullado por las balas.
Sin embargo, volviendo al protagonista, recapitulando sobre su proceso de asimilación
ante la crueldad de sus compañeros de batalla, logran salir, como rayos esperanzadores,
experiencias humanas que contradicen la maldad engendrada por la violencia como
esto: “las mujeres negras, Sofia, permanecen silenciosas mientras paren, silenciosas
y serenas en las esteras a medida que la cabeza de un hijo irrumpe despacio del
espacio entre los muslos, gana forma, se abre paso, un hombro se desembaraza
del pliegue del útero que lo retiene, el tronco se desliza fuera de la vagina como
el pene después de coito, en un único movimiento implacable y preciso, sin dolor,
sólo la tenue separación de dos vidas…”
En el culo del mundo, no es sólo Angola, son todos los países en guerra,
es el país que viven diariamente todos los hombres, mujeres y niños que tienen
la desgracia de haber nacido en zonas de conflicto, ni más ni menos que en el culo del mundo.
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