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Reseñas literarias: Muerte de Narciso, de José Lezama Lima
 
 
Reseña escrita por: Eduardo de Benito
Editado por: Más
Fecha: 2006-12-14

El ojo barroco El escriba apunta con el cálamo al ojo del lector, lluvia de letras escarlatas, alfabeto con nostalgia de ideograma. Sobre la palma de la mano escribe "litera nascimur". Por la letra naceremos. Hay una concepción del arte premoderna que entiende la obra artística como presencia de la divinidad, la obra de arte formulada como representación de una instancia superior. Para los griegos los poetas y los artistas se convirtieron en los hacedores de sus dioses. La literatura de Lezama Lima es proteica, deslumbrante y antigua como la religión. Cuando se inicia su lectura uno cae en un precipicio, es caída libre en la que no encontraremos otro agarradero que nuestra paciencia, con Lezama hay que ser paciente, continuar desbrozando el sendero de la lectura, sin irritación, sin cansancio, pues sólo tras una larga y a veces penosa travesía descubriremos el dorado de su "poiesis".

Una poesía más allá de la poesía, que se sumerge en el origen de las palabras y bebe la savia y la sangre de arcaicos sacrificios, azafrán amarillo, piña, flor de tigre. Nacida de un mundo prelógico, su poesía nunca es ilógica. Se pasea junto a la boca de la ballena, llega a habitar el humo y tiene la pétrea consistencia de un templo románico. La gnosis que emana de la poética de Lezama es el rayo de la energía vital del cosmos despertada por la mano del poeta. Oráculo. La fiesta como signo del caos inicial. Su terquedad tiene mucho que ver con su vigilia en la búsqueda de los inicios, la construcción de sus frases está hecha de un perfecto mineral capaz de mellar las herramientas del análisis. Supo pasear indemne por esa selva de adverbios y adjetivos donde otros perecieron. Lezama Lima, neobarroco, provoca un cambio cualitativo en el quehacer literario, la ruta de su poesía se aparta consciente e intencionadamente de la ruta del naturalismo, crea una deformación de las formas naturales. Le cupo un lector acomodaticio, todos los somos en esta época, cuando su prosa exige embriaguez, desgarramiento, luz, éxtasis.

Palabras de Heidegger: "En la tragedia no se representa ni se exhibe nada, sino que se lucha la lucha de los dioses nuevos contra los dioses viejos". Lezama, precultural, premoderno, inventa los dioses que pueblan el mundo, erige un templo. Dios, dioses, solo hay uno, unos, el (los) de los vencedores. El escritor invierte esta situación. Lo divino como previo a la obra literaria es en Lezama Lima lucha de los dioses antiguos contra los dioses nuevos, saga del pueblo cubano, los dioses de África en rivalidad con el dios de los conquistadores. La literatura, un paso inferior a la religión, puede traer la presencia de la divinidad a un colectivo. El templo erigido es la obra artística creada, Lezama había expresado meridianamente estas ideas: "Heidegger sostiene que el hombre es un ser para la muerte; todo poeta, sin embargo, crea la resurrección, entona ante la muerte un hurra victorioso".

Quienes ven en Lezama sólo delirante irracionalismo verbal están aquejados de esa grave enfermedad del siglo XX que se llamó filología. El pensamiento poético de Lezama sorprendió en Europa, se habló de Góngora, del barroco, del pensamiento salvaje, de acumulación de cultura propia del subdesarrollo, en aquel pensamiento cabía el absoluto… y también la nada. No era sistemático, y todo pensamiento tiene la obligación de serlo. Bien lo expresó el cubano: «Para un alemán una cantata bachiana y un fragmento metafísico sobre el absoluto hegeliano coinciden. Son maneras de penetrar el ritmo. Pero mi metafísica, si es que eso existe, no busca la razón ni la dialéctica, sino la imagen y el ritmo del esclarecimiento. Un corsi e ricorsi entre el apetito y la repugnancia, es mi metafísica, pero en general prefiero hablar de la imagen y de su punto de partida, usando la frase de Tertuliano: Es cierto porque es imposible». El europeo no ha abandonado su condición colonialista, sigue soñando con paisajes no hollados por el hombre y los trópicos son un paraíso exótico que descubrir cada día. Olvida con frecuencia que el mundo es un gigantesco adentro y que no hay nada fuera, que el único afuera está dentro de nosotros. Lezama asume la cultura toda, con todas sus contradicciones, y la transmuta en poesía sin atisbos de dogma.

La técnica literaria de Lezama es un asedio a lo contingente, cerca la naturaleza, la aísla, la introduce en una probeta y allí procede a su germinación, su duplicación especular o mejor aún su clonación, el resultado es la demolición de la realidad y su suplantación por esa otra esencia, no mimesis, que es la poesía, una geometría de lo lingüístico donde el freno verista ha desaparecido dando paso al enigma. La naturaleza es para el cubano el medio de un proceso artístico cuya finalidad es generar experiencias estéticas, una reorganización de la naturaleza que se corporeiza en el lenguaje. La suya es, en palabras de Vitier, una "experiencia vital de la cultura". Rara vez describe un objeto de forma natural, lo trastrueca con la metáfora. Así tenemos que el miembro viril es "el aguijón del leptosomático macrogenitoma", que “cada color tiene su boca de agua” o “todo él parecía el relieve de un hígado etrusco para la lectura oracular”. Ningún homenaje más hermoso que el que le hace Mario Benedetti: "cubano, silencioso y observante, rumiador de metáforas, reinventor del pretérito". Metáforas. Esta figura retórica es el basamento de la obra de Lezama. La metáfora confiere a su escritura una sensación de impenetrabilidad que lleva al lector realista a hablar de caos y de lenguaje alambicado y retórico, confundiendo el lenguaje con su lenguaje. Metonímias y metáforas proliferan con esplendidez en los versos del cubano.

¿Cómo abordar la obra sin límites, avasalladora, de Lezama? Indudablemente con la fe del arriero. Lezama crea sus dioses, dioses nuevos empecé afirmando, y hace del lenguaje rito, salmo, lugar sagrado, templo. Lo confesó en "La expresión americana": "Todo tendrá que ser reconstruido, invencionado de nuevo, y los viejos mitos, al reaparecer de nuevo, nos ofrecerán sus conjuros y sus enigmas con un rostro desconocido". El ojo de Lezama está disciplinado frente a la realidad, adiestrado para la ceguera del código realista, es un ojo barroco, como el de Francisco de Goya, donde lo real no es identificado por la percepción sino que acto del conocimiento se constituye en paráfrasis cultural. De aquí la actualidad del pensamiento de Lezama, la excitación que nos provoca su imagen barroca como simulacro de presencia, verdadera anamorfosis que revela el carácter convencional del realismo que niega y su concepción del mundo como texto, un texto que se emborrona por su fascinación por lo oscuro, lo inteligible, lo indescifrable de la realidad.

El lector de Lezama, ese que llamábamos lector paciente y sufrido, una vez que se adentra en la selva de metáforas que constituyen el texto se torna un orante, es partícipe del rito, la poética de Lezama es poética de iniciación, sacerdocio, epifanía, el espacio mágico donde tiene lugar el parto del mundo. Lo dice él mismo "religiosidad de un cuerpo que se restituye y se abandona a su misterio; en cierta liturgia de los oficios terrestres; en la eternidad como concepto del no-tiempo".La lejanía penetra en lo inmediato. Pocos son los que se atreven a penetrar en la frondosidad boscosa del lenguaje de Lezama, en su magma verbal, en ese piélago de palabras que construyen frases larguísimas como lianas interminables. Las palabras, muertas en los diccionarios, cobran nueva vida en sus textos, adquieren cuerpo, carnalidad, son sensuales.


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