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Reencuentro, de Fred Uhlman es un librito pequeño y birrioso que se lee en una tarde, y resulta un tratado de cómo en un centenar de páginas se puede escribir una obra maestra.
Y como ocurre con otras pequeñas obras maestras, de Saint-Exupéry a Salinger, es imposible leerlo sin que a partir de su lectura empiece a haber un antes y un después a todo lo que uno escriba o intente escribir.
El libro trata al mismo tiempo de la adolescencia y del sentido de la amistad, pero también de la escuela alemana en épocas prehitlerianas, de los cachorros de la burguesía, del maravilloso paisaje zuavo y bávaro, del descubrimiento de la cultura y el conocimiento, y quizás sobre todo ello, de la autenticidad y del sentido de la vida y la existencia. Dos quinceañeros de familias burguesas asentadas desde hace siglos en Stüttgart asisten a comienzos de los años treinta al mismo colegio. Schwarz es hijo de un médico de origen judío; Konradin, hijo de una noble familia aristocrática local. A lo largo de un curso escolar, se desarrolla entre ellos una intensa amistad mutua, llena de inocencia y de amor por el terruño y de preguntas trascendentales propias de la edad de crecimiento físico e intelectual, mientras a su alrededor el aire puro de la Selva Negra se va viciando lentamente empujado por los vientos de Berlín, hasta desatar una lógica ruptura entre los dos que motiva el que jamás vuelvan a verse en los siguientes treinta años; ruptura que uno cree definitiva hasta el último capítulo, hasta la última línea.
Y no me da vergüenza confesar que al terminar esta última línea y cerrar el libro, se le encoge a uno la glotis y tiene que mantener a raya una molesta lágrima asomada en el ojo que no acaba de irse de ahí en toda la tarde. En toda la vida, quizás.
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