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La verdad es que el autor ha sido un poco "tramposo". ¿Cómo se puede empezar una novela con un niño huérfano que está olvidando la cara de su madre y que adora leer y que su padre le lleva a un sitio tan increíble como el "cementerio de los libros olvidados"? Eran demasiadas tentaciones como para no caer.
En cinco páginas yo ya me sentía llena de ternura por el niño y por su padre; inquieta por husmear en la maravillosa y olvidada librería; prendida de la historia que iba surgiendo y cautivada por el lenguaje agridulce de la novela.
El libro es un folletín de los clásicos con sus amores contrariados, su incesto, sus buenos buenísimos y un malo de lo peor, y apela al sentimentalismo, pero... he disfrutado, me he emocionado y me ha interesado como hacia mucho tiempo que no lo conseguía ningún libro. Y, al fin, eso es lo importante. Disfrutar el placer de la lectura y de una historia que, según vamos leyendo, nos va sabiendo a poco.
Sufrir con los avatares de unos personajes a los que vamos amando o despreciando a medida que les vamos conociendo. Pasarte de tu estación en el metro porque no hemos sabido despedirnos a tiempo de un capítulo. Sonreír, temer, emocionarnos, llevarnos al límite de los sentimientos y de las sensaciones como si esa historia nos fuese propia. Yo he caído, feliz, en todas esas "trampas" porque son las que hacen que leer sea mi vicio, mi necesidad y mi vida.
"La sombra del viento" es una novela hermosa. Y tan vendida y de tanto éxito que seguro que muchos eruditos le negarán su valor literario. Pero serán muy pocos. Siempre habrá gente disfrutando con historias de amor de las de morir y matar, de amigos infatigables que no desesperan ni abandonan nunca, de odios tan poderosos como el amor, de gentes que luchan por su libertad, por vivir y por sobrevivir en ciudades bellas y épocas tristes, de niños solitarios, de hombres solos, de la soledad, de la lealtad, de la ternura y de los libros. Nada más que eso.
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