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Me regalaron ‘La sombra del viento’ de Carlos Ruiz Zafón con el pleno convencimiento de que me atraparía. Recordé el consejo de alguien más sabio que yo (‘apaga el televisor y lee’) y me puse a ello. Antes de leerla oí maravillas sobre esta novela y hoy, después de haberla terminado, he estado leyendo críticas en revistas y foros literarios. Y sí, estoy de acuerdo, atrapa. Es una historia de intriga muy bien llevada. Cada pocas páginas me asaltaba la certeza de conocer el final, de saber quién era quién en ese entramado de personajes y situaciones. Y unas cuantas líneas después descubría que no, que el autor había vuelto a ‘engañarme’, me daba pistas falsas y yo caía como una boba. La trama es interesante, los personajes son muy creíbles y la conclusión final no es del todo descabellada (aunque creo que abusa un poquito de la casualidad como desencadenante de situaciones). Baste con decir que anoche estuve hasta pasada la una de la madrugada pegada al libro sin pestañear cuando suelo acostarme no después de las once.
La pena es que ya en el primer capítulo me encontré con un ‘amancer que se derrama en ámbar sobre las calles’ (la cita no es textual, cito de memoria). Es especialmente en la descripción de amaneceres y atardeceres donde más despliega Ruiz Zafón esa ‘riqueza metafórica’. Amaneceres que hieren las brumas con flechas de luz, ámbar por todos lados. Leo hoy en una crítica que el autor, llevado por su afición a escribir guiones cinematográficos, ha querido presentar ante los lectores un libro que se ‘ve’. Tal vez soy yo, que no soy nada poética, pero yo no veo flechas de luz en las brumas ni ríos de ámbar a primera hora de la mañana.
También he tenido que recurrir al diccionario por la insistencia de los personajes en ‘auscultar’ las calles en busca de espías, de policías que los persiguen o de sospechosos en general. Dice el DRAE:
Auscultar:
1. tr. Med. Aplicar el oído a la pared torácica o abdominal, con instrumentos adecuados o sin ellos, a fin de explorar los sonidos o ruidos normales o patológicos producidos en los órganos que las cavidades del pecho o vientre contienen.
2. tr. Sondear el pensamiento de otras personas, el estado de un negocio, la disposición ajena ante un asunto, etc.
Como metáfora no me parece mal que alguien ausculte las calles una vez. Pero he contado unas cuantas.
Son meros ejemplos. La calidad de la novela es, a mi entender, innegable. Pero la sensación que a mí me ha quedado es que el autor, llevado por el entusiasmo de saber que tiene entre manos algo grande, ha elevado el tono unos cuantos decibelios de más.
También me ha dejado dentro un enorme deseo de visitar Barcelona, de recorrer esas calles, de buscar a los personajes entre la gente que me cruce y observar las fachadas, las ventanas, las fuentes, los palacios que tan bien me han descrito. Quién sabe, tal vez la noche se alargue y Barcelona me sorprenda con ámbar que se desgrana a borbotones sobre las Ramblas.
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