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Me atrevo con el disculpable atrevimiento de comentar el primer libro de Lola López Mondéjar, que para algunos lectores puede ser desconocida, pero que recomiendo especialmente. Y, os aseguro, que no solía ser asiduo lector de narrativa que no tenga diálogos, pero Una casa en La Habana es algo especial.
El protagonista masculino, Juan, quien dice de sí mismo que no había nada en este mundo que él supiese hacer medianamente bien, se da cuenta de que nada de lo que le rodea consigue despertar su interés y la progresiva reducción a la nada que se había ido convirtiendo, sin proponérselo, en su único e involuntario proyecto: tener una casa en La Habana. Y, esa casa en La Habana es parte de lo que él considera la revolución pendiente de la especie humana, que consistirá, sin duda, en conseguir burlar para siempre la sádica maldición divina, negándonos, de una vez por todas, a la esclavitud del trabajo.
Decidido como está, a guardar para sí el tesoro, y no siendo Gollum, Juan se abandona a la fantasía sin volver a salir de su casa, en principio, y de su cama después.
Y ello a pesar de la cantidad de amigos que, según él, acudían para consolar al enfermo, sorteaban las apariencias con objeto de, pretendiendo hablar de Juan, terminaban hablando de ellos mismos.
Aurora, la protagonista femenina, me hizo pasar muy buenos momentos. Me explicaré. Me habló de los tradicionales cauces de regadío repletos de ranas, cuyo croar acompañaba los paseos por la huerta; me recordó la fábrica de hielo en el Paseo Rosales de Molina de Segura, el helor que desprendían las cubas, la sal gorda para conservar las bajas temperaturas, los sacos de aspillera mojados, deshilachados en sus bordes, aquellas maravillosas barras apiladas de blanca opacidad glacial, incluso estuve de acuerdo con ella en que el verdadero pecado es no atreverse, aún en esas tardes ventosas de finales de agosto que Lola López Mondéjar nos hace volver a sentir a quienes las hemos vivido.
Porque Aurora se confiesa de carácter volátil en las emociones, lo que la conduce al dolor, pero buscando el deseo último del hombre que, cuando sea descubierto, encontrará un punto de apoyo sobre el que mover su mundo.
Como digo al principio, os recomiendo Una casa en La Habana, un viaje- y permitidme las palabras- a través del cual Juan y Aurora, pero puedes ser tú y tú, buscarán encontrarse con sus viejos sueños (¡qué rápidos se desvanecen!), sus ilusiones abandonas, la alegría con la que encarar, nuevamente, sus vidas.
La cubierta es de Cao + Gauli sobre un detalle de la obra Mirando al mar de Ángel Charris.
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