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Esta novela es una sorpresa. Es un sueño, aunque sea una novela, que huele a tierra, pero también a cal en las paredes, a ropa lavada en el río, pero también a coraje y a esfuerzo, a valor para recuperar lo perdido, y a decisión por soñar esos sueños que en un momento dejamos ir.
Dice la autora, en voz del Sembrador de Sueños, que los adultos a veces se avergüenzan del niño que llevan dentro y se niegan a dejarle salir cuando lo necesitan, y recuperar la ilusión de soñar es lo que he leído en esta novela. Me ha llevado a otros tiempos, cuando vivía en Olivenza, donde las mujeres encalaban las fachadas de sus casas, o cuando regresé a Molina, donde el vecino de la casa junto a la mía era encalador, empeñado año a año en blanquear todas las fachadas, decisión contra el viento, contra los elementos, contra los avatares de la vida.
El Sembrador de Sueños hay que leerlo, como Adela (creo que se parece bastante a la autora), con la habitación en una acogedora semipenumbra, o echado sobre la cama, mientras recordamos, si no nuestra conversación con Ali, sí aquello que nos ha merecido el día, navegando por nuestros propios pensamientos.
Y gracias a María José Sánchez sabemos que, cuando lo necesitemos, podremos llamar al Sembrador de Sueños e invocar al espíritu de la magia.
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