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No es sólo eso pero a veces Moby Dick avanza como una marea que arrastra todas esas conchas que luego encontramos en la playa. La playa en este caso es el capitán Ahab, el centro vital, nunca mejor dicho, de esta tragedia. Ismael, un novato ballenero, nos conduce en este viaje con el ritmo emotivo de lo iniciático.
Las descripciones de Ismael, el mar, la pesca ballenera, las especies, pueden resultar tediosas pero no son más que el muelle que nos hará saltar para experimentar el nivel de intensidad de odio que Ahab puede albergar. Tantas jornadas de espera inquieta se rompen de repente con la aparición de los lomos de las ballenas del horizonte, un preludio de la caza y de la interminable actividad del ballenero.
Un alma negra, el alma más podrida, con el estigma del odio en su propio cuerpo (la pierna arrancada por Moby Dick) que puede conducir a su barco y a su tripulación al desastre porque su venganza no puede tener descanso. El desenlace anuda las fundamentales cuerdas que dotan de un profundo cariz religioso a la peripecia soberbia de Ahab.
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