No lo leí: me lo comí. Lo olí, lo respiré, le dí vueltas del derecho y del revés para que soltara hasta el último polvillo, la última brizna de hierba de Macondo, el último suspiro del último de los Buendía... Me quedé pérdida en ese laberinto, tal vez consumida por alguna fiebre indígena, o atrapada por algún maleficio, castigada por alguna maldición eterna... Cerré el libro y lloré. Vivía en una ciudad gris, donde la soledad, la de verdad, duraba más de un siglo... Miré a mi alrededor y me encontré en la reverberación de las tres de la tarde, con un sol injusto y un mundo seco donde no había magia, ni magos, ni revoluciones, ni pasiones, ni amor ni odio eternos. El mundo estaba vacío y la tierra yerma por alguna plaga de realidad que lo había agostado todo.
Me encontre sóla buscando a Rebeca en el metro para que me contara qué paso aquel día; mi mamá Ursula había dejado de tocarme con sus manos sabias que te curaban las lombrices o te hacían una jungla de caramelo. Y encontré a mi amor un día. Venía de aquellas tierras y me amó en algo parecido a una hamaca. Cerramos los ojos y oímos como la selva se apoderaba de nuestra casa y nos cobijaba... y se tragaba nuestra ciudad gris y desierta.
Y tuve un hijo.
Y luego dicen que los libros no te cambian la vida.
Nota: También puedes leer la reseña enviada por Miriam de la Vega sobre este mismo libro.